Redux

Monkey Bee

Posted in vídeos by Iván Conte on octubre 29, 2008

Este es el primer vídeo que se hace del disco Journey To The West, de Monkey (Damon Albarn y Jamie Hewlett). Rodado en 35 mm, me ha convencido aún más de las bondades del disco y de que alguien tiene que darle la oportunidad a Jamie Hewlett de hacer una película!!!

Anuncios
Tagged with: ,

Monkey “Journey to the West”

Posted in pop by Iván Conte on octubre 16, 2008

He tardado en acercarme a este disco porque la colaboración de Monkey (Damon Albarn y Jamie Hewlett, es decir; Gorillaz) para las Olimpiadas de China y la naturaleza de encargo institucional de componer la música de la ópera basada en el clásico chino Viaje al oeste, hicieron surgir en mí las reticencias hacia un proyecto que bien podría no ser más que propaganda de unas idílicas pero falsas relaciones culturales entre Occidente y China. Y bueno, es cierto que todo aquí suena bonito e idílico, y como no me he leído la obra en la que se basa la ópera –más por su precio que por su volumen, todo sea dicho… ¡50 euros que pide Siruela por un ejemplar!- pues tampoco puedo decir si han dejado escapar una oportunidad de colar elementos que resonasen en el complejo proceso de transformación en el que se encuentra sumido el país asiático.

Por tanto, el jolgorio optimista de este disco, si ha de ser entendido como la visión oficial que desde Inglaterra se tiene de China en estos momentos, puede y debe ser criticado por negar la realidad de un país que avanza sobre complejas contradicciones. Pero ocurre que este disco es totalmente coherente con el discurso de Damon Albarn en sus otras aventuras paralelas a Blur. Tanto Gorillaz como The Good, The Bad & The Queen partían de dos premisas básicas; el carácter colaborativo de los proyectos, aunque la figura principal seguí siendo Albarn, y el diálogo con otras culturas. David Stubbs dice en su crítica de este disco en el número de Octubre de la Wire que Gorillaz es uno de los pocos grupos de pop de los últimos años de los que merece la pena hablar. No estoy de acuerdo en que sea uno de los pocos grupos de pop de los que merece la pena hablar, pero sí que estoy de acuerdo en que Gorillaz fue un proyecto muy valioso, porque le sirvió a Albarn para eludir esa fama que aparentemente tanto le incomoda y que se había traducido en Blur en unos discos ariscos pero francamente aburridos. En cambio, lo de Gorillaz era otra cosa. El hecho de que la imagen del grupo fuese un grupo de personajes animados era un inteligente juego, irónico y genuinamente postmoderno, que ponía al descubierto los mecanismos a través de los cuales el público se construye la imagen y personalidad de un grupo es filtrada a través de los medios de comunicación, una imagen altamente maleable y artificial. Esta idea en realidad no es nueva, en absoluto, pero sí que estuvo articulada de un modo bastante ingenioso, ¿recordáis que se editó hasta un dvd en directo de la “banda”? Lo mejor es que con Gorillaz, en vez de criticar esa estrategia, que sería lo fácil, se propusieron hacer algo realmente original; crear el definitivo grupo pop de laboratorio.

Gorillaz tomaba elementos sonoros de música como el hip hop, mientras que The Good, The Bad & The Queen exploraba las posibilidades del Afro-pop (vía Tony Allen, el batería de Fela Kuti) y el dub (vía Paul Simonon, bajista de The Clash). Este proyecto estaba más apegado a la realidad, aunque no dejaba de ser una estilización de un Londres contemporáneo ahogado por el fin de su época gloriosa. Y ahora, con Monkey se fija en músicas tradicionales chinas. Es como si Albarn fuese añadiendo elementos a su nueva personalidad sonora, elementos que resitúa en un contexto pop o que deforma hasta convertirlos en fuente de inspiración para sus imaginativas fantasías que abren nuevas posibilidades al pop. La coherencia de todos estos proyectos queda demostrada cuando al ver que temas de Monkey como “The Living Sea” o “I Love Buddha” habrían encajado a la perfección en el disco de The Good, The Bad & The Queen y supongo que es una obviedad decir que muchos otros momentos podrían haber estado en un hipotético tercer disco de Gorillaz.

Los elementos musicales chinos son integrados en breves pasajes instrumentales que, desligados de su función de acompañamiento de una acción determinada en ocasiones recuerdan a los experimentos del BBC Radiophonic Workshop. Es, precisamente, la electrónica el principal elemento que articula lo fantástico, la extrañeza (y, en el fondo, la otredad) representada por los monstruos que acechan al protagonista del libro que se está adaptando. En otras ocasiones Albarn y Hewlett consiguen piezas de pop redondas como “Heavenly Peach Banquet”, que parece escrita para Kate Bush. Por tanto, su acercamiento a la música china es respetuoso, mesurado y muy consciente del lugar desde el que ha sido producido. No es un ejemplo de una vieja gloria intentado revitalizar su carrera o de una celebración del pasado colonial británico, sino de un dúo de desbordante creatividad dialogando con una tradición cultural ajena. Por tanto, una vez más, tenemos entre manos un proyecto de Damon Albarn del que podría hablar durante horas. Que le dura la racha.