Redux

Jon Brooks – Music for Thomas Carnacki

Posted in hauntology, LPs by Iván Conte on febrero 9, 2011

En su evocación fantástica de añejas y fallidas utopías británicas, de futuros que podrían haber sido nuestro presente y que nos resultan a la vez familiares e inquietantemente extraños,  la hauntology siempre tiene algún paralelismo con el steampunk, aspecto subrayado sobre todo por la discografía de Moon Wiring Club, no por casualidad autor de la fantasmagórica y excelente portada de este disco de John Brooks (más conocido por su alias The Advisory Circle), que es la segunda referencia del sello Cafe Kaputt, comandado por el propio Brooks, esta conexión también está muy presente. O más bien habría que decir que lo que evocan Jon Brooks o Moon Wiring Club es el período eduardiano, fascinado  por la electricidad y el optimismo social y recordado ahora nostálgicamente como una breve época de esplendor antes de las dos guerras mundiales. También es la época en la que proliferaron autores infantiles como JM Barrie, hasta el punto de que la idea de la infancia perdida británica –antes de las guerras, antes de la pérdida del imperio-  también se asocia con esta época. La hauntology desde el principio se postuló como una exploración de los recuerdos de infancia de una generación de ingleses que fueron niños en los setenta y que crecieron fascinados por los extraños sonidos electrónicos que se podían escuchar en series y programas de información pública de la BBC. La extrañeza que les provocaban esos sonidos es usada ahora para recrearse en presentes alternativos, y en este sentido no resulta extraña esta subrama eduardiana dentro de la hauntology. La conexión, en el caso de este disco de Jon Brooks, tiene que ver con el hecho de que se trata de una revisión de la figura literaria de Thomas Carnacki, protagonista de una serie de historias cortas escritas por William Hope Hodgson centradas en tramas detectivescas con aspectos sobrenaturales. Esto explica el uso espectral que se hace de la electrónica en este disco, e incluso de instrumentos como el piano, y que también se puede relacionar con la visión entre atraída y desconfiada que provocaba la electricidad en aquella época, la misma evocada por la library music del BBC Radiophonic Workshop unas décadas más tarde.

Como ilustración sonora de una época y en particular de estos relatos pertenecientes al género de la literatura popular fantástica, Music For Thomas Carnacki funciona a la perfección. La corta duración de los temas, pocos superan los tres minutos, remite a la idea de banda sonora incidental, de modo que muchos de estos cortes se encargan de crear atmósferas entre preciosistas y tenebrosas, con algún momento destacado por su emotividad –sobre todo en los temas con piano- e incluso algún apunte melódico (‘There And Somewhat Free’, ‘House Among the Laurels’, ‘Moontime the Embankment’ o la semioculta melodía de ‘An Expiration of Sorts’ son buenos ejemplos). Las excepciones las encontramos precisamente en algunos de los momentos más destacados del disco, como los más de cinco minutos pulsantes y orquestales de ‘Carnacki Theme Three’, A pesar de contar con 28 cortes, el disco se escucha muy bien de un tirón, y es de hecho una nueva joya de la hauntology.

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Monkey “Journey to the West”

Posted in pop by Iván Conte on octubre 16, 2008

He tardado en acercarme a este disco porque la colaboración de Monkey (Damon Albarn y Jamie Hewlett, es decir; Gorillaz) para las Olimpiadas de China y la naturaleza de encargo institucional de componer la música de la ópera basada en el clásico chino Viaje al oeste, hicieron surgir en mí las reticencias hacia un proyecto que bien podría no ser más que propaganda de unas idílicas pero falsas relaciones culturales entre Occidente y China. Y bueno, es cierto que todo aquí suena bonito e idílico, y como no me he leído la obra en la que se basa la ópera –más por su precio que por su volumen, todo sea dicho… ¡50 euros que pide Siruela por un ejemplar!- pues tampoco puedo decir si han dejado escapar una oportunidad de colar elementos que resonasen en el complejo proceso de transformación en el que se encuentra sumido el país asiático.

Por tanto, el jolgorio optimista de este disco, si ha de ser entendido como la visión oficial que desde Inglaterra se tiene de China en estos momentos, puede y debe ser criticado por negar la realidad de un país que avanza sobre complejas contradicciones. Pero ocurre que este disco es totalmente coherente con el discurso de Damon Albarn en sus otras aventuras paralelas a Blur. Tanto Gorillaz como The Good, The Bad & The Queen partían de dos premisas básicas; el carácter colaborativo de los proyectos, aunque la figura principal seguí siendo Albarn, y el diálogo con otras culturas. David Stubbs dice en su crítica de este disco en el número de Octubre de la Wire que Gorillaz es uno de los pocos grupos de pop de los últimos años de los que merece la pena hablar. No estoy de acuerdo en que sea uno de los pocos grupos de pop de los que merece la pena hablar, pero sí que estoy de acuerdo en que Gorillaz fue un proyecto muy valioso, porque le sirvió a Albarn para eludir esa fama que aparentemente tanto le incomoda y que se había traducido en Blur en unos discos ariscos pero francamente aburridos. En cambio, lo de Gorillaz era otra cosa. El hecho de que la imagen del grupo fuese un grupo de personajes animados era un inteligente juego, irónico y genuinamente postmoderno, que ponía al descubierto los mecanismos a través de los cuales el público se construye la imagen y personalidad de un grupo es filtrada a través de los medios de comunicación, una imagen altamente maleable y artificial. Esta idea en realidad no es nueva, en absoluto, pero sí que estuvo articulada de un modo bastante ingenioso, ¿recordáis que se editó hasta un dvd en directo de la “banda”? Lo mejor es que con Gorillaz, en vez de criticar esa estrategia, que sería lo fácil, se propusieron hacer algo realmente original; crear el definitivo grupo pop de laboratorio.

Gorillaz tomaba elementos sonoros de música como el hip hop, mientras que The Good, The Bad & The Queen exploraba las posibilidades del Afro-pop (vía Tony Allen, el batería de Fela Kuti) y el dub (vía Paul Simonon, bajista de The Clash). Este proyecto estaba más apegado a la realidad, aunque no dejaba de ser una estilización de un Londres contemporáneo ahogado por el fin de su época gloriosa. Y ahora, con Monkey se fija en músicas tradicionales chinas. Es como si Albarn fuese añadiendo elementos a su nueva personalidad sonora, elementos que resitúa en un contexto pop o que deforma hasta convertirlos en fuente de inspiración para sus imaginativas fantasías que abren nuevas posibilidades al pop. La coherencia de todos estos proyectos queda demostrada cuando al ver que temas de Monkey como “The Living Sea” o “I Love Buddha” habrían encajado a la perfección en el disco de The Good, The Bad & The Queen y supongo que es una obviedad decir que muchos otros momentos podrían haber estado en un hipotético tercer disco de Gorillaz.

Los elementos musicales chinos son integrados en breves pasajes instrumentales que, desligados de su función de acompañamiento de una acción determinada en ocasiones recuerdan a los experimentos del BBC Radiophonic Workshop. Es, precisamente, la electrónica el principal elemento que articula lo fantástico, la extrañeza (y, en el fondo, la otredad) representada por los monstruos que acechan al protagonista del libro que se está adaptando. En otras ocasiones Albarn y Hewlett consiguen piezas de pop redondas como “Heavenly Peach Banquet”, que parece escrita para Kate Bush. Por tanto, su acercamiento a la música china es respetuoso, mesurado y muy consciente del lugar desde el que ha sido producido. No es un ejemplo de una vieja gloria intentado revitalizar su carrera o de una celebración del pasado colonial británico, sino de un dúo de desbordante creatividad dialogando con una tradición cultural ajena. Por tanto, una vez más, tenemos entre manos un proyecto de Damon Albarn del que podría hablar durante horas. Que le dura la racha.

El futuro, sugerido por el BBC Radiophonic Workshop

Posted in electrónica by Iván Conte on octubre 8, 2008

La recuperación y canonización de obras producidas en el seno del BBC Radiophonic Workshop rivaliza desde hace unos cuantos meses en buena salud e interés con las de pop africano. Dos artículos imprescindibles para orientarse son este de Simon Reynolds, que es una versión mucho más larga de un artículo publicado no hace mucho por The Guardian, y este de Martin Clark en Fact. Precisamente el de Martin Clark tiene una frase que me viene muy bien para volver sobre aquello que decía hace unos días con motivo de la entrevista a Bob Stanley sobre el poder de la música para proyectar visiones del futuro:

If you want to grasp what postmodernity is, compare the original recording of the Dr Who theme with the current version. Nearly fifty years after the theme first appeared, the original still sounds futuristic: chilly yet exhilarating, it resembles Acid House beamed back in time into the living rooms of the early 1960s. The new version, complete with soaring strings, seems older, more conservative, more recognisably ‘musical’. What you can hear in this melancholy comparison is the retreat of modernism from British everyday life, the decline of a popular avant-garde.