Redux

Teoría y música

Posted in lecturas recomendadas by Iván Conte on diciembre 19, 2010

Confieso que me sorprendió el rechazo en esta entrada de Música en la mochila -y en los comentarios- a las etiquetas que pujaron fuerte este 2010. Entiendo las reticencias cuando de repente expresiones como witch house, juke o hypnagogic pop aparecen por todas partes, y es evidente que las revistas hacen un uso comercial de ellas, pero me parece que también hay un rechazo a los grupos, basado en el argumento de que estas escenas viene sustentadas más por un armazón teórico que por discos musicalmente interesantes, que no hacen sino reciclar sonidos ya conocidos. Parte del rechazo, por tanto, también se deriva del hecho de que estos discos para muchos no confirman la promesa de un sonido nuevo (1). Estos días estaba intentando hacer una entrada sobre estos temas, basándome en algunos mensajes en twitter de los últimos días, pero reconozco que me cuesta hacerlo, al menos de momento, de un modo que evite una polémica innecesaria que no tengo ninguna intención de levantar. Mi única intención es reiterar mi interés por la teoría como medio para entender y disfrutar la música, en ningún caso para quitarle el interés. Este es un prejuicio curioso, por cierto, y me gustaría saber de algún caso en el que una crítica con una sólida base teórica quitase interés a la música, más bien yo creo que es al contrario: cuantos más argumentos, mejor. Pero bueno, tampoco es la primera ni será la última vez que hablamos del tema, y además he encontrado un párrafo en la revista Frieze que en cierto modo resume lo que quiero decir:

Pocos libros sobre música dirigidos a un lector medio son solamente sobre música. La mayoría suelen ser sobre las vidas e historias de la gente y las comunidades, y la música es normalmente una excusa para hablar sobre ellos. Este es ciertamente el caso de una serie de nuevas publicaciones, todas las cuales están imbuidas de imaginación y cuestiones de identidad social y personal. (Dan Fox. La traducción es mía)

Solamente hay una cosa con la que no estoy de acuerdo: la idea de que la música es una excusa para hablar de estas cuestiones. Al menos en mi caso, me resulta imposible separar una cosa de la otra, sin que ello quite el valor a una crítica más impresionista-romántica, que en realidad es la que hasta yo mismo hago la mayor parte de las veces, puesto que ambas formas de crítica no son, en absoluto, incompatibles. Supongo que existe la ide preconcebida de que al usar la teoría se está anteponiendo a la música, pero de nuevo al menos en mi caso si recurro a la teoría es para intentar explicar por qué determinado disco me gusta tanto.

(1) De hecho, el hypnagogic pop tiene una relación muy compleja con la idea de lo nuevo en la música. Aún estando obsesionado con un momento en concreto en la historia de la música popular del pasado, no es exactamente un revival de los ochenta. Sería algo así como una perspectiva nueva, una exploración de caminos que se quedaron por explorar en los propios años ochenta.

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6 comentarios

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  1. Estabiel said, on diciembre 19, 2010 at 9:37 pm

    Hola Iván

    Lamento que mis razonamientos te parecieran viscerales. Pretendían llegar a ser sensatos. En ningún momento intenté debilitar tu derecho a aplicar la teoría a cualquier sonido. Cada uno se aproxima a la música como quiere. Y tampoco quiero levantar una nueva polémica sobre esto, que igual nos tomamos demasiado en serio.

    Un saludo

  2. Iván Conte said, on diciembre 19, 2010 at 9:59 pm

    Eliminada la palabra ‘visceral’, no es lo que quería decir y quedaba muy fea en esa frase. Quiero dejar claro que no me he sentido atacado en ningún momento ¿eh? Todo esto habría sido más divertido delante de unas cañas, como alguien (DamagedGoods o Carlos Úbeda, ahora mismo no lo recuerdo) dijo en twitter. Aunque también es cierto que delante de unas cañas yo tampoco hablo de estas cosas, precisamente por eso tengo un blog, para que el que quiera lo lea y así no le doy la vara a ningún amigo con estas cosas, jajajajaja

  3. Carlos Úbeda said, on diciembre 20, 2010 at 12:58 am

    Hola Iván!
    Me alegro de que podamos seguir comentando todo esto por aquí.

    Lo que intentaba (con escaso acierto, me temo) comentar por Twitter giraba en torno a los “peligros” de la intelectualización musical que, al igual que en otros productos de consumo, pueden derivar en un -en mi opinión- comprensible rechazo.

    En primer lugar, decir que me gusta bastante la literatura musical y que me parece que rechazar la búsqueda o el aprendizaje de cualquier placer (desde cine a gastronomía) es una paletada considerable. Y mucho más si, aparte de rechazarlo tú, se lo niegas a los demás (¡!).

    Pero, eso no quita para comprender que la objetivización de un placer que no deja de ser subjetivo provoca suspicacias. Especialmente si el placer intelectual (que existe, y es fantástico) “tapa” al placer espontáneo. Ya sabes, esa más o menos típica crítica de disco que se basa más en lo que se puede decir del disco en cuestión (lo que aporta intelectualmente) de que en lo que ofrece el disco en sí. Yo lo asocio bastante con la escuela de Cahiers du Cinéma, la literaturización de la crítica y todo eso, pero supongo que vendrá de antes.

    Claro, pero ¿por qué va a ser mejor un placer que otro? ¿y no van juntos? En principio sí, pero el hecho de que un disco pueda ser evaluado a un nivel intelectual sin apenas escucharlo acerca la parte más extrema de esta intelectualización a cosas más parecidas a la filosofía que a algo tan simple como disfrutar de algo tan sencillo como el pop.

    Es como el caso del reggaeton (o de ciertos tipos del mismo). Desde un punto de vista meramente intelectual, se podrían buscar paralelismos bastante interesantes con otro géneros mestizos, como el rock’n’roll. Estoy seguro que no sería el primero en hacerlo. ¿Pero puede hacer eso que te guste? ¿Te gusta porque lo valoras en su contexto histórico?

    En el caso que sea, eso sitúa el discurso en otro plano. Del “oye, he escuchado esto (lo que sea) y me ha gustado” al “si te informas, lo apreciarás como se merece”. De esa manera muchas etiquetas aparentemente novedosas se ven como “buscando por el lado intelectual lo que no pueden conseguir por el otro” por la parte del artista y como “ya están hypeando algo para poder soltar un discurso diferente” por parte de los críticos.

    Eso me lleva a otra reflexión: En el mundo en el que vivimos, donde cualquiera es un micro-medio, el crítico de cuya opinión nos fiábamos empieza a carecer de sentido. Ahora todos somos, en algún momento, ese tipo de crítico para otro tipo en otro rincón del mundo.
    En ese sentido, reconozco que la figura del crítico parece destinada a aportar objetividad e intelectualización, para quien la quiera recibir.

    Si quiero escuchar a un tipo decir que una determinada canción es interesante o aparentemente novedosa me voy a un blog amateur de alguien con quien comparta gustos. Si quiero saber situar esa canción, saber lo que quiere decir, lo que aporta y de dónde viene, me voy a un medio especializado.

    Para mí, esto tiene un orden claro (lo del “primum vivere deinde philosophari”). No me avergüenzo de escuchar algo que, luego -si rasco un poco- veo que no tiene mucho sentido ni aporta gran cosa (o que la entendido completamente al revés). Como artefacto pop, no se le puede pedir más.
    Por supuesto si además eso me permite aprender cosas, volver a escucharlo, y disfrutarlo incluso más, perfecto. Me atrevería a decir que quién lo lo haga no puede decir que aprecia la música como se merece.

  4. anhh said, on diciembre 21, 2010 at 1:28 am

    El problema con estas discusiones acerca de la teoría aplicada al goce que uno obtiene de la música es que siempre cada uno parece tener una definición muy precisa sobre lo que el término teoría significa para él o ella, asumiendo que los demás participantes en la discusión comparten o se reconocen en dicha definición (algo que no suele ser el caso). Y lo peor es que si uno no se explica este tipo de argumentos suele acabar en guerra de trincheras. Pero tener que explicarse lo hace todo farragoso.

    Digamos que el arte es un proceso y nosotros al querer hablar de este proceso hacemos interpretaciones subjetivas. Esas interpretaciones ya son interpretaciones teóricas. Se hacen en base a conceptos, reglas, criterios, sean estos subjetivos (si alguien quiere los llamamos pseudo-conceptos, o intuiciones, o las grandes preguntas, o la eterna búsqueda o de cualquier otro modo) o sean meras aplicaciones de algunos de los grandes motivos conceptuales de la teoría (en algún lugar Zizek describía más o menos así lo que hacía con la cultura popular). Pero el problema no es realmente que hagamos eso ¿no? Se trata de si al usar la teoría nuestro placer primigenio (es decir una interpretación cognitiva basada en nuestra experiencia musical (cantidad de música escuchada, si tocamos un instrumento o no, etc.), creencias, gustos, contextos sociales y culturales, prejuicios, barreras emocionales, experiencias emocionales asociadas y demás tipo de quincalla, todos esos filtros a través de los cuales surge la experiencia “sin adulterar”, “inmediata” de la escucha placentera de una canción) se ve reducido o se vuelve banal al mostrar la teoría lo que hay (o no hay) “detrás” de nuestro placer. Vamos, en el fondo lo de siempre, que aquello que creemos es “real” resulte ser una mentira, que parezcamos “tontos”, que nos dejemos “engañar” por cosas como esas, que no tengamos acceso a las cosas profundas y sublimes contentándonos con las superficiales, ese tipo de arribismo. El problema es que, siendo esto una crítica que considero acertada, las propuestas de interpretación que se definen en contra de esa tendencia intelectual en lugar de tratar de acabar con ese arribismo simplemente disparan contra la teoría (o las teorías de turno que se estén usando).

    Pero del mismo modo que otra gente trata de buscar la palabra exacta que ilumine todo el tipo de conexiones e ideas que despierta en él o ella una canción o un disco, los que buscan encapsular en una frase deslumbrante algo de las sensaciones que han sentido o el que pretende mostrar cuál ha sido su experiencia como alguien que escucha y respira gracias a la música, otra gente usa la teoría para poder explicar todo eso. Bueno, tal vez la palabra “explicar” no sea la correcta, quizá eso conlleva la imagen mental de sustituir una realidad palpable, rica y llena de matices por algo abstracto y sintético, usa la teoría para mostrar esa realidad palpable, rica y llena de matices y ayuda a comprender que nos atrae tanto de ella. Al menos a mi eso es lo que me interesa. Por ejemplo, el disco de Rangers es pop hipnogógico, y la gente parece asustarse sobre el tipo de interpretaciones ocultas sobre el recuerdo que parecen esconderse sobre su superficie, pero es más sencillo que todo eso: el diseño de sonido imita el desgaste de las cintas usadas y reusadas, la acumulación de canciones funciona como una mixtape, los títulos y los estilos sonoros juegan con la evocación y la connotación (lugares geográficos no visitados, momentos imaginados, aventuras esperando ser vividas), hay cierta atención al detalle por algunos desarrollos musicales (el tratar de capturar esos momentos en canciones que se te quedan en la cabeza por horas o días) y a mi, lo que me recuerda es un modo de vivir la música, escuchar cintas con tus canciones favoritas mientras el día se consume y la noche llega, imaginarte lo que sería poder ver al grupo en directo, el recuerdo de las sensaciones de andar o hacer excursiones mientras uno recuerda músicas, imaginarse que algunas canciones sólo son la punta del iceberg, que un mundo poblado por ellas está esperando a ser conocido, y también el darse cuenta de que es algo que ya no hago pero que en parte afecta a todo lo que hago y escucho ahora mismo (me gustaría escuchar uno de esos discos que ponía una, dos, cinco veces un día, durante varios meses, encontrar la dedicación necesaria, el tiempo necesario, recuperar esa sensación de inmersión y vivir en la música). Y esa es la “teoría” detrás, justo lo que hace otra gente al escribir sobre música (salvo que ellos dicen no estar ofreciendo una lectura intelectual). En fin, ya me aburrí de esto…

  5. Iván Conte said, on diciembre 21, 2010 at 1:38 am

    Ya, yo también me aburrí de mi mismo en mi entrada, por eso no quiero escribir más sobre el tema: las cartas están sobre la mesa. Lo que no me quita para reconocer que has dado en el clavo de muchas cosas que a mí me costaba más explicar. Amén a todo, anhh 🙂

  6. Estabiel said, on diciembre 21, 2010 at 2:14 am

    Bravo por tu “teoría”, annhh. Los que -por las razones que sea- estan más familiarizados con sonidos y músicas de catadura, digamos, menos común, tienen la enorme oportunidad con esto de los blogs de sacarlo de una vez por todas del gueto.
    Y tu “teoría” sobre Rangers a fe que lo consigue. Al menos conmigo, que me acerqué a la música experimental a finales de los 80 -cuando aquí estábamos en pañales y la única referencia que te llegaba, si tenías suerte, era un panfleto seudo-artistico más promocional que crítico- y ahora mismo prefiero dar dos pasos hacia atrás y dejarme embaucar, como simple espectador, por un discurso algo más…. uhmm, reconocible.
    Ni es tarea fácil, ni se trata de popularizar algo que no lo es; pero creo que hay bastante gente que se queda fuera de disfrutar de artistas realmente estimulantes, asustada un poco por el discurso serio que les precede. Uno de los grupos que mejor venció este obstáculo es Esplendor Geométrico; para los que crecimos con la música industrial resultaba fascinante escuchar a Arturo Lanz hablar de su música. Parecía que estaba friendo un huevo. O William Benett, que componía (por decir algo) como el que follaba. O Steven Stapleton, quizás el músico que mejor ha sabido trasladar la plena inconsciencia a un plano material.
    Por otro lado, considero que a veces señalar un punto débil -las teorías tienden a magnificar el producto- hace incluso más poderosa una buena opinión argumentada sobre un disco o un estilo.


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