
El pasado fin de semana terminé de leer Militant Modernism, libro que el crítico y bloguero Owen Hatherley ha publicado en la interesante editorial Zero Books, que a su vez es responsable de la publicación de otro libro que espero leer en las próximas semanas -Fear of Music- , y editará a finales de año algún que otro libro más que interesante. Aunque en un principio está planteado como un libro sobre el modernismo en la arquitectura, lo cierto es que abandona pronto esa área, tras los primeros capítulos acerca del brutalismo británico de posguerra y el modernismo soviético, para pasar a hablar del modernismo desde un punto de vista más general que incluye el cine, el teatro y la música. Eso sí, la música aparece en sus argumentos de un modo más puntual, y es una pena porque casi todos los argumentos que proporciona Owen son fácilmente aplicables a la música popular, incluyendo la que se hace en estos momentos.
El auge que parece ser que el modernismo ha tenido en los últimos años se ha manifestado en el campo musical en las celebradas reediciones de los trabajos de los miembros del BBC Radiophonic Workshop, señalado en este libro como ejemplo de modernismo por su adaptación de la ampliación de lo que entendemos por música llevada a cabo por la música concreta a la vida diaria de los británicos mediante su presencia en sintonías, bandas sonoras y ruidos incidentales de programas de la BBC.
Según Owen, en los últimos años se ha venido llevando a cabo un rastreo de los restos (culturales) de los intentos socialdemocráticos en la Inglaterra de posguerra, apuntando que esa mirada hacia el pasado no es tanto nostálgica –el modernismo tiene alergia a todo lo que huela a herencia cultural- sino una crítica a la falta de ambición futurista y desigualdades del presente. Curiosamente hace mención al Stalker de Tarkovsky, película cuya estética ya estaba basada en los setenta en esta mirada a los restos de la arquitectura modernista soviética, no para recrear un pasado glorioso sino para crear una estética a partir de materiales y texturas degradadas en un contexto, por supuesto, futurista pero que servía de reflexión acerca del presente histórico.
Similar estética de la degradación es la que se puede ver en músicos como William Basinsky y, sobre todo, The Caretaker, quienes llevan a un primer plano las señas de degradación del material sonoro procedente del pasado -y procedente de casetes en el primer caso, de vinilos en el segundo- para crear sus magníficos discursos musicales. Owen también menciona la estética vorticista que emplea recursos como la reproducción, el bajo coste y el grano creado por el acto de copiar, que es algo que tiene mucho que ver con la degradación de las cintas de William Basinsky al copiarlas-recordemos, en el contexto del 11 de septiembre-, y con el subrayado que The Caretaker hace del crepitar de los vinilos.
La intersección con la hauntologia (o fantología, que creo que es la traducción correcta del término hauntology de Derrida) es otro territorio interesante, porque los trabajos editados en un sello como Ghost Box –tanto la música como las imágenes de Julian House- tienen un fuerte sabor a observación de los rastros de la Inglaterra de posguerra y en especial de una institución pública de marcado servicio social como era la BBC entonces para criticar un presente en el que las instituciones públicas se desmoronan.
Pero lo que más me gustó el libro es cómo se puede ver un hilo argumental aquí y allá, defendiendo un arte hostil al concepto de patrimonio cultural (‘heritage’, en inglés), que es un terreno en el que creo que Sonic Youth están ahora, y uno de los motivos de mi desconfianza hacia ellos. Creo que con mucha frecuencia se comete el error de canonizar a costa de despreciar el carácter coyuntural de nuevas músicas, y ese es el origen de actitudes hostiles como la que hubo en Inglaterra en contra de la música rave durante los primeros años. La música popular tiene integrada su propia obsolescencia, que es lo que permite su actividad incesante, y que nuevas formas sucedan a otras cuando estas ya no cumplan con su función, del mismo modo que el modernismo proponía cambios artísticos derivados de las nuevas necesidades de la gente. Esta sería, al menos, una manera de evitar caer en las respuestas automáticas a las nuevas formas musicales provocadas por un punto de vista que defienda la música desde un canon establecido y que los juicios sobre las nuevas propuestas o sobre cosas como el Autotune se lleven a cabo en base a cómo se ajusten a ese canon de ideas preconcebidas acerca de cómo debe ser la música, cuando en mi opinión cuando se escribe sobre música lo que hay que hacer es observar, describir y modificar nuestra perspectiva en consecuencia, sin olvidarnos de la frustrante paradoja que resulta del hecho de que la música popular sea efectivamente hija del capitalismo, algo que no debería impedir pensar en músicas que puedan superar esarelación, quizás dando pistas de cómo podría ser un hipotético futuro posterior al capitalismo. Estando como estamos en un momento de debilidad de la etapa neoliberalista, esto no debería de sonar tan descabellado, al menos eso es lo que Owen defiende, y yo estoy bastante de acuerdo.